miércoles, 18 de marzo de 2015

Tres poemas de Yolima Andrea Zuleta

GUADAÑAZOS PARA LA                           
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 180, marzo de 2015
Directores: 
Raúl Jaime Gaviria
Hernán Botero Restrepo 

Publicación de Revista Asfódelo


Tres poemas de Yolima Andrea Zuleta


De otros que no vemos

A uno debería alguien guardarle
un puesto, un lugar en la ausencia,
un sitio en el mundo, entre los libros,
una silla serena en un parque
poblado de árboles en meditación,
a la espera del regreso.

Debería
ese alguien conservar como sagrado
ese espacio en el bus, un rinconcito
en la cama como si estuviese
ya habitado

En consecuencia, tal vez,
uno nunca se iría del todo y quizá
fuera esa la fórmula de preservar
la existencia para siempre.


***


Maneras de acudir al viento
impregnarse en él
fundirse

                   difuminarse
explayarse

Sin mesura
sin carencias
sin deseos ajenos

Regresar liviano a la superficie
del bautizo que nos libera
de lo que fuimos

Caminar ligero liviano
y sin prisa.




Atropos

Cuando ya estábamos fascinados
con nuestros rostros sobrenaturales
los hilos del alma habían tejido
una red invisible entre nosotros
Un ángel desconocido
cortó con un fugaz gesto de dolor
esos hilos preciados de oro genuino
con los que vivíamos en el letargo del amor
Poco a poco dejamos de mirarnos
el destino desapareció
se diluyó en las cartas del oráculo
Amnésicos percibimos en el vacío
algo que nos ronda, nos enloquece
Buscamos en todo rastros de existencia
aquello que fue usurpado
Ahí seguimos en el intento de olvidar
esa sensación de abandono
cayendo sin mesura
en el telar inmenso de la poesía.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Anécdotas literarias con dos Daríos

GUADAÑAZOS PARA LA                           
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 179, marzo de 2015
Directores: 
Raúl Jaime Gaviria
Hernán Botero Restrepo 

Publicación de Revista Asfódelo




Anécdotas literarias con  dos Daríos
Por Hernán Botero.


I

Las anécdotas que se leerán a continuación son, a mi modo de ver, una muestra del modus vivendi de los escritores que las protagonizan y para nada se pretende con ellas juzgar críticamente el valor de sus obras literarias; es decir, son interesantes y divertidas, cada una a su manera, lo cual es índice de su trascendencia.

Debo agregar aquí, que de ambas fui coprotagonista en un breve espacio de tiempo, motivo por el cual no recuerdo el orden en que se dieron.

Comenzaré por la anécdota vivida con el poeta y novelista Darío Jaramillo Agudelo. Se hallaba hace algunos años el excelente escritor, celebrado sobre todo por su poesía amorosa, en Medellín, invitado por la Universidad de Antioquia, para ofrecer una conferencia en el Aula Máxima del Paraninfo, cuyo tema era el de la influencia que había ejercido el modernismo en la canción popular latinoamericana.

Conocía yo a Darío desde la época en que terminaba el bachillerato y yo cursaba, sin el menor gusto, la carrera de derecho, que abandoné al concluir el tercer año de la misma. Darío por esos días ya escribía poesía y era para su edad un lector consumado de buenos autores de la época y de épocas anteriores. Nuestros modos de ser y la voracidad lectora de los dos nos convirtieron en excelentes amigos, y fueron muchos los escritores conocidos por mí que yo le revelé y que él leyó por mi recomendación.

Doy un pequeño salto aquí, hasta el día previsto para su conferencia en el Paraninfo: me encontraba en compañía de mi cara amiga Dora Helena Tamayo, que, al igual que yo, profesaba la docencia en Literatura de la Universidad de Antioquia. Nos encontramos con Darío una media hora aproximadamente antes del tiempo fijado para la conferencia en la llamada Librería del Paraninfo; yo presenté a Dora y a Darío, y nos enzarzamos, mientras mirábamos y ojeábamos diferentes libros en medio de un grato diálogo literario. De repente, Darío nos hizo la señal de que lo esperáramos un momento diciéndome que, al frente de nosotros, había un libro del que, estaba seguro, ni yo tenía noticias. Al momento regresó Darío con el libro en la mano y antes de mostrármelo me dijo:

̶ Vos me diste a conocer en la época en que terminaba mi bachillerato a escritores que me fascinaron como Gombrowicz y muchos otros, ahora me toca a mí darte a conocer uno que con seguridad no has leído. Acto seguido me mostró el libro, se trataba de uno de los tomos pertenecientes al excelente diario del autor español Andrés Trapiello titulado “Salón de los pasos perdidos”. De inmediato lancé una carcajada de agradable sorpresa, abrí mi bolso y extraje otro tomo perteneciente a la misma serie de Trapiello. A mi risa se unieron las de Darío y Dora Helena que, sin salir de su sorpresa, me dijo:

̶Esto no les pasa sino a ustedes.
Salimos de la librería y seguimos comentando, risueños, el insólito caso de los dos libros de Trapiello.

He pensado muchas veces a partir de lo que acabo de rememorar, que esta pequeña historia tiene que ver con tres cosas fundamentales: las afinidades electivas, el poder de la pedagogía viva y amistosa de la literatura y el azar.


II

La segunda anécdota nos traslada al campus de la Universidad Eafit, una tarde en la que el escritor Darío Ruiz Gómez daba lectura, en el Auditorio Fundadores, a un texto que se refería a Baudelaire y a la actualidad de su poesía. Yo estaba presente entre los asistentes por razón de que un amigo me había pedido que lo acompañara a escuchar la disertación de Ruiz Gómez (quien me conoce y a quien conozco) sin que podamos considerarnos amigos.

El texto leído por Darío Ruíz fluía bien, hasta el momento en que leyó, en su texto, lo agradecidos que deberían sentirse los admiradores del grandísimo poeta francés a Daniel Rops, porque en su obra pictórica había logrado plasmar de manera esencial el espíritu erótico de “Las flores del mal”.

Terminada la lectura me acerqué a Darío y lo felicité por su texto no sin dejar de decirle que había confundido al pintor Felicien Rops (amigo de Baudelaire) con Daniel Rops, un escritor católico del siglo XX de mediana calidad  y que escribió unas pocas y más bien mediocres novelas, además de una serie de libros acerca de la biblia. Ante esto Darío Ruiz exclamó, en un tono que denotaba molestia:

̶ ¡Ah! ¡Esta secretaria mía!

miércoles, 4 de marzo de 2015

CINCO POEMAS DE CAI TIANXIN

GUADAÑAZOS PARA LA                           
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 178, marzo de 2015
Directores: 
Raúl Jaime Gaviria
Hernán Botero Restrepo 

Publicación de Revista Asfódelo




CINCO POEMAS DE CAI TIANXIN

Versiones de Raúl Jaime Gaviria


El verano retorna al Sur

El verano retorna al Sur
serpeando a lo largo de la línea costera
El otoño se arrastra deprisa
tomando ventaja en un campo
saturado de hojas secas

Yo escucho la canción del océano
apaciguando con suave voz primigenia

sobre un enorme arrecife ella se desnuda
yo escucho atento, desde mi niñez

el llamado de las estrellas


Un poema

Una
inocente
criatura
tendida
sobre
orillas de arena

en su cabellera
bailan
blancas nubes

devoradas
por el mar


Soñando con vivir en el mundo

Ramajes crecen desde las nubes
Pájaros alegremente vuelan hacia mis ojos
Jardines y nubes de humo vuelan sobre la casa
Ríos corren a través de mis brazos

La luna semeja un zafiro azulado
engastado en un anillo

Yo permanezco en los acantilados del oído
soñando con vivir en el mundo


Poema del pez

Me gusta mirar los autos móviles como palabras
Es fácil cambiar las raíces de las palabras
Haciendo un giro en U, por ejemplo,
Podemos encontrar un adjetivo
Auscultándonos en la carretera
Algunas veces ellas crean
Una frase totalmente nueva
Conduciendo el auto en medio del Pacífico
El agua del mar sabe cómo afinarlas
Nadamos móviles fuera del auto
El poema del pez ha surgido


Luz del sol

El sol es un mango
Que el día corta en rebanadas
Intacta está la noche
Nuestra boca tragaluz del sol
Fortalecido en nuestra sangre
Mientras dormimos sus rayos
Fluyen en nuestras venas
Viajan a través de nosotros
Y en su discurrir se encuentran
Con coágulos de luz




lunes, 23 de febrero de 2015

De cómo conocí a Fernando González o Las dulces naranjas del brujo de Otraparte

GUADAÑAZOS PARA LA                           
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 177, febrero de 2015
Directores: 
Raúl Jaime Gaviria
Hernán Botero Restrepo 

Publicación de Revista Asfódelo




De cómo conocí a Fernando González o Las dulces naranjas del brujo de Otraparte
Por Hernán Botero Restrepo

Contaría yo a la sazón entre quince y dieciséis años cuando mi mejor amigo en el Colegio de San José, que había leído, tomándolo de la biblioteca de su padre, "Los negroides" de Fernando González (y que según me dijo había disfrutado mucho) me propuso que nos escapáramos del colegio para ir a conocer personalmente al autor. Ni él ni yo habíamos conocido personalmente a ningún escritor hasta la fecha. La fuga tendría lugar el día en que teníamos la clase de gimnasia pues luego no teníamos más que la clase de cívica con un profesor senil que jamás corría lista. Dicho y hecho, llegado el día J.E.P. L. y yo procedimos de acuerdo con nuestro plan.

Después de una hora de haber viajado en dos buses municipales nos apeamos del que pasaba por la vía a Envigado, al frente de la pequeña posesión semi-rural del escritor más polémico de Antioquia desde los tiempos del  Indio Uribe . Nuestra llegada al coto del “brujo” de Envigado fue tan sencillo que bastó con que J.E.P.L. apretara el timbre adosado a la reja que rodeaba Otraparte para que la puerta de la casa se abriera y una figura frágil de anciano, la del propietario de todo aquello, llegara hasta nosotros. No haré mención de detalles mostrencos y retomo el hilo. El escritor nos preguntó quienes éramos nosotros y que hacíamos en su casa; J.E. P. L. respondió por los dos que habíamos ido llevados por el deseo de conocerlo y  reconocimos ante él que no estábamos muy al tanto de su obra literaria aunque lo poco que habíamos leído nos había fascinado. Por un momento yo guardé prudente silencio, pues me intimidaba el que yo tuviera “un gato encerrado en mí maletín”.

Iniciamos los tres una corta caminata alrededor de la casa (a la cual no nos invitó a entrar). Después de un rato de cháchara que se desarrolló en torno a su obra, abrí mi maletín y extraje de él una copia a máquina, de unas treinta página de extensión, de una comedia costumbrista titulada: "Mariantonia en la ciudad" que yo había escrito recientemente y, con mucha timidez, le pedí a Fernando González si podría hacerme el favor de leerlo. Él, cortesmente, me recibió el fajo de papeles y me dijo: ─venga en unos quince días para que la comentemos─ De pronto se hizo tarde para todos y nos despedimos.

Pasó una quincena, J.E.P.L. y yo, valiéndonos de la evasión de nuevo, regresamos a los predios del autor de “ El remordimiento”. Todo pasó como en nuestra primera visita, con la excepción de que el maestro nos habló de la obra que estaba escribiendo a la sazón: "La tragicomedia del padre Elías y Martina la velera" que fue su último libro y también nos habló del poderoso motivo de inspiración que ejercían en su creación las hermosas ceibas de Envigado.

Pronto se acordó de algo, de la comedia que yo le había dejado, ─espérenme un momento muchachos ─nos dijo─ y entró prestamente a la casa para salir casi que de inmediato con mi mecanuscrito en la mano. Le pregunte, preso de mucha ansiedad: ─ ¿le gustó alguna cosa? ─ Sí, fue su respuesta, y algo más que una cosa. Sin esperar siquiera a que yo le manifestara mi alegría y agradecimiento, nos dijo que se le hacía algo tarde pues esperaba la visita de unos familiares. ─Nos volveremos a ver ─concluyó─, dirigiendo sus pasos a la casa. Pero antes de que llegara ante su puerta yo, de manera titubeante, saqué de mi maletín la copia de otra obra teatral mía (cuyo nombre he olvidado) la cual  pensaba dedicarle  a él y le dije: ─si le gustó" Mariantonia en la ciudad" esta le va a gustar más, a lo cual Fernando González me respondió advirtiéndome: ─tal vez lo mejor es que se demore un poco en volver porque la corrección de mi tragicomedia me está tomando mucho tiempo, ─bueno muchachos, hasta la próxima─. No más desapareció de nuestra vista me di cuenta de que en el reverso de la portada de "Mariantonia en la ciudad" Fernando González había escrito en tinta roja que había recibido la visita de dos jóvenes, que de seguro no habían terminado ni el bachillerato y que uno de ellos le había solicitado que se la leyera. ─Convine en ello y puse un taburete en una de las esquinas del corredor; el caso es que sin darme cuenta acabé leyendo la obra de corrido sin apenas darme cuenta. "Mariantonia en la ciudad" me gustó tanto como cuando vi esa película en que Cantinflas hace de Napoleón─. Obviamente, al leer esto, me invadió una emoción inefable.

La tercera visita la hice solo, pues J.E.P.L. se encontraba enfermo y no podía acompañarme. El escritor me recibió como a alguien que no hubiera visto nunca. Al ver que esto sucedía le pregunté por mi comedia y él, un poco sorprendido, me replicó: ─ ¡de qué comedia me habla! que yo sepa usted no me dejó nada para leer─.

Hacía un sol de justicia, los naranjos que poblaban profusamente el predio relucían de hermosas naranjas, tanto así que me obsesioné con saborearlas, pero Fernando González, viendo como estaba yo, muerto de calor, no me invitó siquiera a un vaso de agua helada y mucho menos a un jugo de aquellos deliciosos frutos. Sin transición alguna, González, comenzó a hablar de que cuando Mariano Ospina Pérez y su esposa doña Berta murieran se convertirían en un inmenso pene y una inmensa vulva que se debatirían para ayuntarse sin poderlo lograr jamás. Harto de esta conversación, que había parado en tan absurdo tema, me despedí fríamente más no exento de cortesía. Jamás en mi vida he vuelto a Otraparte desde aquella calurosa tarde.

Pasado un año largo releí con horror mis obras dramáticas, comedias y dramas que convertí en jirones de papel. De este holocausto teatral no se salvó ni la página laudatoria de Fernando González.
Tal vez si el brujo de Otraparte me hubiera ofrecido una de aquellas en apariencia deliciosas y apetitosas naranjas este texto no sería tan agrio.

Coda:
La verdad sea dicha:
En la primera visita que le hicimos Fernando González  nos obsequió a  cada uno de nosotros uno de sus libros. A  mi amigo  J.E. P.L. le tocó “Pensamientos de un viejo” que nunca me comentó y a mí “Don Mirócletes” que no me gustó en absoluto. En un relato adjunto a esta obra, bajo el título de "La muerte de Epaminondas", se narran los últimos días de la vida de un perro con una frialdad ártica, cosa que me hizo detestar el relato porque en aquellos días yo era ya un amigo irredento de la raza de los cánidos.

jueves, 19 de febrero de 2015

Seis anécdotas escolares autobiográficas

GUADAÑAZOS PARA LA                           
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 176, febrero de 2015
Directores: 
Raúl Jaime Gaviria
Hernán Botero Restrepo 

Publicación de Revista Asfódelo

Seis anécdotas escolares autobiográficas
Por Hernán Botero Restrepo



I

Dos niños ancianos del martirio

Cursaba yo el colegio de San José, regentado en Medellín por la comunidad de los hermanos cristianos (también conocidos como lasallistas) el año primero de la vieja primaria. No es mi objetivo perpetrar una crítica a la pedagogía de los religiosos legos que dirigían el citado colegio, solamente referirme a un graciosísimo incidente que tuvo lugar en una clase de lectura y escritura allá por los finales de la quinta década del siglo pasado.

Se trataba de hacer leer a varios de los colegiales algunos textos de un librillo de inspiración ultramontana para niños en la hora en la que el curso de lectura de corrido se solía dictar, recuerdo que todos los asistentes al aula, que seguían en sus propios libros los textos leídos, escuchaban con obligada atención la lectura en voz alta de los alumnos escogidos para ello por el director del curso. 

Todo iba bien según el criterio de aquel cuando tuvo lugar un lapsus desopilante en la lectura de un cuentecillo que se refería a los ardorosos deseos de dos niños (niño y niña) convertidos en la época de Diocleciano del paganismo al cristianismo de ser martirizados y asesinados para emular al Cristo paulino (en aquellos días los niños de las escuelas y colegios católicos eran catequizados teniendo como modelo a los santos impúberes como Tarsicio, Domingo Savio y Luis Gonzaga). El cuentecillo tenía como título: Dos niños ansiosos del martirio y fue leído hasta su final por el alumno al que se le había encomendado hacerlo pero bastó con el lapsus (ya el lector de estas líneas hará el esfuerzo por explicarlo) de leer  : dos niños ancianos del martirio en vez de:  dos niños ansiosos del martirio, para que se produjera una hilarante debacle en el salón y el profesor hiciera la escandalosa observación de que un niño era todo lo contario a un anciano. No hubo más. Acalladas las risas del colectivo el lector de: Dos niños ansiosos del martirio, después de repetir el título correctamente, leyó el resto del texto con una atención que le permitió leer sin incurrir en ningún otro lapsus.

II

La perra que nos aflige

Dando un salto de por lo menos diez años (yo cursé toda la primaria y el bachillerato en el Colegio San José) nos encontrábamos los alumnos del curso de literatura que dictaba “su reverencia” –era este el trato que se les debía dar a los hermanos lasallistas- escuchando aburridos una plática  en una mezcla pintoresca de español y de francés que nos impartía un visitador de colegios de habla castellana lasallista enviado para la inspección del colegio, como era la costumbre en la comunidad lasallista por haber tenido esta su origen en Francia (motivo por el cual se dictaban también clases de francés en todos los colegios y escuelas de la comunidad en todos los niveles de educación básica. Y en cuanto a la anécdota, no recuerdo más que esto: en el transcurso de su perorata hispano-francesa el visitador confundió una palabra española con otra, algo tan espectacular como si en vez de pecados mortales el visitador hubiera dicho pescados mortales, a raíz del dislate se produjo dentro del aula un discreto rumor, a excepción mía que no pude evitar soltar una carcajada. De inmediato, el hermano Octavio, que así se llamaba nuestro profesor, transformado en un dragón ensotanado se dirigió a mí y estentóreamente me preguntó: y el señor Botero ¿de qué se ríe? Yo no le contesté pero “el domine” enfurecido me formuló otra pregunta que no venía la caso y ponía de presente un rampante espíritu misógino: ¿o acaso hay que llamarlo a usted señorita? Entonces, sin pensarlo dos veces, le respondí: -no, hermana.

El hermano Octavio, valga la expresión aunque sea tan común: “se quedó de una sola pieza” y no se le ocurrió otra cosa, mientras el visitador trataba de entender la situación, y además, seguramente habiéndose dado cuenta de la culpa que le cabía en todo lo que estaba acaeciendo, que preguntarle al curso en pleno como era que yo lo había llamado. Lo que sucedió fue que todos los compañeros de consuno, contestaron multisonoramente: ¡hermano! Todavía hoy no encuentro palabras para expresar mi emoción ante la solidaridad que manifestaron mis compañeros de curso de aquel año (muchos de los cuales ni siquiera eran mis amigos) con su respuesta mentirosa al profesor de marras. 

Lo que si no se me ha olvidado es que nadie fue represaliado por dichos acontecimiento0s y en más de una ocasión he llegado a pensar que el inconsciente colectivo de Jung hizo, en el caso del visitador, una de sus consabidas diabluras.

III

La Emilia de Rousseau

Los protagonistas de esta tercera anécdota somos de nuevo el hermano Octavio y yo, y de paso quiero consignar que aquel había sido enviado a estudiar la lengua francesa durante dos años. En esta ocasión se había dedicado a hablar pestes acerca de los enciclopedistas galos que habían desatado la Revolución Francesa con sus ideas impías, estas diatribas llegaron a su culmen cuando dijo que el filósofo Rousseau había tenido el cinismo de escribir un libro perverso, que en forma de novela estaba dedicado a hacer apología de la educación atea: “La Emilia”. Como en el poema del poeta chileno Pezoa Veliz “El pintor pereza” nadie hubiera dicho nada de no haber yo, arriesgando mi seguridad escolar, dicho y en alta voz para que todos oyeran: -su reverencia, el libro de Rousseau es “El Emilio” y no “La Emilia”. Lamento no recordar nada más de esta casus belli, pero en cambio sí que recuerdo con bastante exactitud que en el caso del visitador francés no fui represaliado.

Próxima entrega: Las naranjas del brujo de Otraparte (relato de mis tres visitas, cuando yo tenia dieciséis años de edad, a Fernando González). Además presentaremos una anécdota sobre Andrés Trapiello, Darío Jaramillo Agudelo y mi persona.



miércoles, 11 de febrero de 2015

Un poema de Lenrie Peters

GUADAÑAZOS PARA LA                           
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 175, febrero de 2015
Directores: 
Raúl Jaime Gaviria
Hernán Botero Restrepo 

Publicación de Revista Asfódelo



Un poema de Lenrie Peters
Traducción Raúl Jaime Gaviria

Estas son las briznas de hierba
Sobre las que caminaste
Estos tus cabellos perdidos
Engarzados en el viento silencioso
Estos los pétalos
De tu encarnada florescencia
Este es mi corazón
El granero atestado

Este ardiente corazón reposará
Bajo una piedra; lavado
Por un frío arroyo transparente
Que con él pueda fluir
Mi sangre alrededor de tus bañados pies
Mis lágrimas sobre tus labios

Nunca, nunca, será encontrado allí
Nunca hasta los llamados
De otra reconstrucción del amor
Hasta que en tu arrobadora presencia
Esta agonía atemporal sea disipada
Entonces desde los años muertos
Como hojas marchitas rejuvenecidas

El amor valeroso desterrará al miedo.



miércoles, 4 de febrero de 2015

POEMAS INCONVERS.O.S. (23-25)

GUADAÑAZOS PARA LA                           
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 174, febrero de 2015
Directores: 
Raúl Jaime Gaviria
Hernán Botero Restrepo 

Publicación de Revista Asfódelo

POEMAS INCONVERSO.S. (23-25)
Por Raúl Jaime Gaviria




IMPOTENCIA

No quiero
Llenar este poema de palabras
No lo deseo
Yo solo aspiro al silencio del blanco.

¿Es esto un crimen acaso?



DOLOR

El dolor de todas las palabras
lo sentí primero en el estómago
luego subió por la garganta
finalmente estalló en la boca.
El dolor de todas las palabras

el grito fue enorme

...así como el alivio.




LA LOCURA DEL POETA

El mundo se derrumba
y en medio de las balas
el poeta canta como un loco
Como un loco el poeta canta.
y así como canta muere el poeta
como un loco
en medio de las balas.