lunes, 13 de agosto de 2012

Encuentro de Raúl Gaviria con Arsenio González en una finca de Anzá

GUADAÑAZOS PARA LA                                 
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 31, agosto  de 2012
Directores: Raúl Jaime Gaviria / Hernán Botero Restrepo
Publicación de Revista Asfódelo
Correo electrónico: revistasfodelo@yahoo.com

  
Encuentro de Raúl Gaviria con Arsenio González en una finca de Anzá
 ( Relato por entregas )
                 
                                                            CAPÍTULO I         
 
  Poco a poco me fui abriendo paso a través de la tupida maleza. El monte virgen había borrado el camino casi del todo. En ese momento, recordé un ensayo de Octavio Paz que había leído hace muchos años en el cual  relataba su visita al poeta norteamericano Robert Frost en su granja de New Hampshire.  Frost fue el cantor de aquellos famosos versos: "Dos caminos se bifurcaban entre un bosque y yo /Yo tomé el menos transitado, y eso hizo toda la diferencia".
 
  Fueron varios los que me habían hablado de la existencia del mítico Arsenio González, el  viejo y sabio poeta que vivía aislado del mundo en una precaria cabaña de orillos de madera ubicada en una vereda perdida del municipio de Anzá en Antioquia. Unos me contaron que era muy bueno y otros que era más que eso, llegaban incluso a sostener que era el mejor. También me dijeron que Arsenio, alguna vez, siendo muy joven, intentó acceder a los círculos literarios de Medellín y que fue rechazado y expulsado del sanedrín poético con cajas destempladas por uno de los mandamases de la poesía de la época, un tal Jorge Montoya Toro.  Según me contaron mis amigos, Montoya, que era un alcohólico impertérrito, en medio de una de sus borracheras en el Café Jordán, increpó a Arsenio con las palabras más soeces que puedan salir de una garganta humana. Y todo porque Arsenio se había atrevido a leerle un pequeño y hermoso poema que acababa de componer titulado "Naturaleza". El poema constaba de tan solo diez versos pero era perfecto en forma y fondo. Tan hermoso, que debido a la belleza y profundidad de este poema y aun siendo yo tan malo para viajar fuera de Medellín, tomé la decisión de ir a visitar al poeta a un lugar tan tragado de la tierra como la vereda Vendiagujal de Anzá. Eran tales mis ansias por conocer al autor de tan magníficos versos.
 
  Volviendo a la historia, dicen que al escuchar aquel poema de labios de Arsenio, Montoya Toro se levantó furioso de la silla y haciéndole honor a su segundo apellido,  bufó como un toro, y de mucha lidia, ya que casi no logran quitarle de encima a Arsenio a ese Toro embravecido y por fortuna lo hicieron justo cuando ya se disponía a descargar sobre la endeble humanidad de Arsenio un segundo y quizás mortal puñetazo. Aquella noche en El Jordán terminó la que, de haber mediado otras circunstancias, pudo constituirse en una de las más promisorias carreras literarias de nuestro país.  Y según cuenta Arsenio, el único pecado de su poema era el de no haberse ceñido a la rima, ya que en cuanto al ritmo interno y la acentuación  el poema era perfecto como el que más. Dicen que a partir de aquel suceso, Arsenio nunca volvió a ser el mismo, se convirtió en un ser huraño y abandonó a casi todos sus amigos excepto a uno, Francisco Ferrer, al que le decían Pacholo, hijo de Ruperto Ferrer , el boticario de la esquina de su casa. Pacholo era todo un personaje, padecía de un retraso mental evidente y apenas si acertaba a balbucir un lenguaje que en nada se parecía al castellano pero que Arsenio entendía sin ningún problema.  Luego de los hechos de El Jordán Pacholo se convirtió en  el alter ego perfecto para Arsenio.  A él le confiaba todo lo que sentía, le leía sus poemas, que por esa época ya pasaban largamente de los doscientos, todos cortos, todos en verso libre. Sin embargo, según reconoce el mismo Arsenio, ninguno mejor que esa joya tallada en palabras que era el poema “Naturaleza”. Jamás volveré a escribir un poema tan logrado como ese y al decirlo su voz se impregnaba de un acento nostálgico..  Cuentan que hastiado de la ciudad y sus desplantes Arsenio decidió irse a vivir a Anzá, un pueblo de los más antiguos de Antioquia y también uno de los más perdidos. Su padre había recibido por sucesión un pedazo de tierra en la vereda Vendiagujal perteneciente al municipio de Anzá, que dada su poca extensión no era apta ni para sembrar ni para criar ganado por lo que  no sabía muy bien que hacer con ella pues tampoco era de fácil venta.  Arsenio le propuso a su padre irse a vivir allá y construir él mismo una casa sencilla, puntualizándole que las mejoras que hiciera le quedarían a él. A don Rigoberto le sonó el negocio, y se lo manifestó a su hijo a través de una sonrisa que le iluminó el rostro de oreja a oreja al tiempo en que pensaba: - con este negocio mato dos pájaros de un tiro, le doy uso a la finca ganándome las mejoras y me libro de este bueno para nada.

  Luego de caminar por espacio de casi dos horas por entre el monte poblado de helechos, malezas y raíces, salí por fin a un descampado de terreno plano, de no más de dos cuadras de extensión, al fondo se observaba una cabaña de madera con techo de zinc, la única que pude divisar luego de dar un vistazo completo a los alrededores. Por un segundo, la aparición de un elemento de civilización en medio del paisaje selvático se me antojó como algo irreal.  No siendo yo un hombre que se deje llevar con facilidad por las emociones, me vi sorprendido aquella tarde al sentir mi corazón latiendo a gran velocidad y a mí ser entero presa de un sentimiento híbrido entre el miedo y la expectación. Y no era para menos, me encontraba a tan solo unos instantes de conocer por fin al legendario Arsenio González, autor del poema más hermoso que yo haya leído jamás.

-  La segunda entrega de este relato será publicada el lunes 3 de septiembre.