miércoles, 17 de junio de 2015

"El potro del señor cura" por Armando Palacio Valdés

GUADAÑAZOS PARA LA                           
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 193, junio de 2015
Directores: 
Raúl Jaime Gaviria
Hernán Botero Restrepo



EL POTRO DEL SEÑOR CURA
Armando Palacio Valdés


Muchos habrán conocido como yo al cura de Arbín, y habrán tenido ocasión de admirar su carácter bondadoso y nobilísimo, la sencillez de sus costumbres y cierta inocencia de espíritu que sólo otorga Dios a los que elige para sí; por donde era estimado y querido de todos. Habitaba en su casa rectoral a dos tiros de piedra del pueblo, servido por una criada vieja y un criado no menos añoso. Había también un mastín, que nadie recordaba cuándo había sido cachorro, y un caballo que había entrado en su poder hacía más de veinte años cerrado ya, al decir de los peritos. Como don Pedro, que así se llamaba el cura, pasaba bien 23 de los setenta, con razón podía decirse que aquella casa era un museo de antigüedades. Vamos a referir la historia del caballo, dejando para otra sazón la del mastín, por ser menos interesante.
Nadie le conocía en el pueblo sino por el "potro del señor cura". Pero como el lector comprenderá, éste no era más que un mote que por reír le habían puesto. El autor de la burla debía de ser Xuan de Manolín, que era en aquel tiempo el espíritu más humorístico y despreocupado con que contaba la parroquia. Su verdadero nombre era Píchón. Así le designaba su dueño, lo mismo que los criados. Había sido tordo en otro tiempo; pero cuando yo le vi, todos ¡,los pelos negros se le habían caído o se habían trocado blancos. No tenía mala estampa; su condición, apacible; el paso, medianamente saltón o cochinero. Por eso el cura hacía años que no osaba ponerle al trote y prefería salir media hora antes en sus excursiones a las parroquias inmediatas. Sufrido, noble, seguro y conocedor como nadie de aquellos caminos, el Pichón reunía partes bastantes para ser estimado por su amo como una alhaja. La virtud sobresaliente de este precioso animal era, no obstante, la sobriedad. Como la poca yerba que daba el prado de mansos la comía casi toda una vaca de leche que el cura poseía, el desgraciado Pichón veíase necesitado a vagar nueve meses del año por trochas y callejas viendo crecer la yerba para comérsela mucho antes de ser talluda. Ningún rocín, antiguo o moderno, anduvo jamás a la gramática con tan feliz aprovechamiento; porque su cuarto trasero estaba siempre redondo y lucio como si se hallara a pupilo en casa de algún marqués. Tanto, que más de una vez le preguntaron al cura si lo alimentaba con paja y cebada. ¡Cebada el Pichón! Había oído hablar de ella en alguna ocasión; pero verla, nunca.
Como si no fuesen bastantes estas prendas, todavía el Pichón era poseedor de otra muy estimable: una memoria prodigiosa. En cuanto el señor cura de Arbín se detenía una vez en cualquier casa de los contornos, al pasar de nuevo por allí el Pichón paraba en firme como invitándole a apearse. Claro está que tratándose de la casa de la hermana del párroco, que vivía en Felechosa, y de la del cura del Pino, con quien aquel tenía empeñada hacía muchos años una partida permanente de brisca, el caballo no solamente se paraba, sino que iba derecho a la cuadra. Mas el Pichón, sin motivo alguno razonable, tenía muchos enemigos en el pueblo, unos declarados, otros encubiertos. Los cuales, no hallando sitio por donde combatirle en lucha 24 franca, le hacían una guerra sorda e insidiosa: le atacaban por la vejez. ¡Como si no hubiéramos todos de llegar a ella bajo pena de la vida!, según pensaba el cuadrúpedo muy acertadamente. Principiaron por darle el apodo burlesco de "potro". Bien sabía el Pichón que no lo era, ni soñaba con echárselas de tal. ¿Cuándo se le había visto hacer el "rucio verde, ni ponerse relamido y jacarero a la vista de una yegua, por ligera de cascos que fuese? Vivir honradamente, no atropellarse jamás, comer lo que hubiere, no meterse en elecciones. Éstos eran los axiomas fundamentales que había sacado de su larga experiencia. No satisfechos con apodarle, sus contrarios le levantaban falsos testimonios. Decían que una vez yendo desde Lena a Cabañaquinta se había dormido en el camino llevando al cura encima, y que fue necesario que un arriero le despertase a palos. Pura calumnia. Lo que había sucedido era que en casa del cura de Llanolatabla, donde su amo había estado cerca de siete horas, no le habían dado una brizna de yerba, y, naturalmente, la debilidad le hizo caer. Asimismo los vecinos chistosos, y muchos también que no lo eran, se autorizaban chanzas de mal género en contra suya, y no cesaban de dar vaya al párroco sobre este tema.
Con lo cual, don Pedro, a pesar de su paciencia bien reconocida, llegaba en ocasiones a ponerse irritadísimo. "¡Cáscaras! ¿Qué les habrá hecho el pobre animal a estos zopencos para que tan mal le quieran?"
El que más se ensañaba era Xuan de Manolín. Jamás pasaba el cura a caballo por delante de su taberna que no saliese a la puerta a soltar alguna de sus habituales ocurrencias; si es que ya no tenía de la brida al jaco y, mostrándose primero muy fino no concluía por bajarle el belfo y preguntar con aparente candidez:
 -¿Está cerrado ya, señor cura?
 Los parroquianos, que también salían a la puerta, con ésta y otras agudezas por el estilo, se morían de risa, y don Pedro se marchaba amoscado y murmurando pestes.
 Finalmente, tan acosado se vio por la cantaleta de sus feligreses, en la que también tomaban parte sus compañeros los párrocos de los lugares inmediatos cuando se reunía con ellos en alguna fiesta, que resolvió deshacerse del caballo, aunque le costase un disgusto serio. No obstante, cuando llegó la feria de la Ascensión, donde pensaba llevarlo, flaqueó y estuvo muy cerca de volverse atrás. Pero había soltado ya la especie delante de algunos vecinos. Toda la parroquia sabía su resolución y aplaudía. ¡Qué dirían si al cabo se quedase otra vez con el Pichón!
Melancólico y acongojado, montó el cura en él una mañana, y paso entre paso, se plantó en Oviedo. Según se acercaba a la ciudad, le iban punzando más y más los remordimientos. Por vueltas que se diera al asunto, y aunque se 'presentasen numerosos ejemplos de este caso, la verdad es que no dejaba de ser una ingratitud vender al pobre Pichón después de veinte años de buenos servicios. ¡Quién sabe a qué lo destinarían! Tal vez a una diligencia quizá a morir inicuamente en una plaza de toros. De todos modos, el martirio. La inocencia con que el rucio caminaba, sin recelo ni sospecha, causaba en su amo una impresión de vergüenza que no era poderoso a reprimir.
En la feria el ganado andaba muy barato. El Pichón era tan viejo que nadie le quería. Sólo un chalán ofreció por él quince duros. El cura lo soltó al fin en este precio por temor a las burlas del vecindario si se presentaba nuevamente con él en Arbín. Luego que lo hubo perdido de vista, quedó más tranquilo, porque la presencia del cuadrúpedo mucho le hacía padecer. Tomo el tren para el pueblo, y cuando llegó tuvo el disgusto de recibir enhorabuenas por lo que él secretamente calificaba de mala acción.
A los pocos días, sin embargo, se había olvidado enteramente del caballo. Pero sin duda, necesitaba otro. Aunque disfrutaba de buena salud y tenía, gracias a Dios, las piernas recias, algunas parroquias estaban muy lejanas, y no era cosa de andar pidiendo todos los días la yegua a Xuan de Manolín o el macho a Cosme el molinero. Por consejo de estos y otros feligreses entendidos, se decidió a no aguardar la feria de Todos los Santos en Oviedo y buscar montura en la de San Pedro de Boñar, donde acudía casi todo el ganado caballar de la provincia de León.
Dicho y hecho. Cuando llegó la época, aprovechando la mula de un arriero amigo que iba a León con su recua, tomó la derrota de la vía de Boñar por el puerto de San Isidro. Allí sucedía lo contrario que en Oviedo. Las bestias estaban caras. Menos de cuarenta duros no había modo de mercar caballería que sirviese. En cuarenta y tres, y el correspondiente alboroque, se hizo dueño nuestro cura de un caballo alazán tostado, no muy vivo de genio, pero seguro y firme, que no había quien le semejase en toda ;la ribera del Esla, ni aun en la del Orbigo, al decir de los tratantes que se lo vendían. Y así debía de ser, porque don Pedro recordaba aquel refrán castellano: "Alazán tostado, antes muerto que cansado".
Caballero en él dio otra vez la vuelta para su pueblo, pasando por Lillo e Isoba y atravesando las abruptas angosturas del San Isidro. Caminaba alegre y satisfecho de su 26 compra, porque el animal sufría bien aquellas cuestas agrias, y sobre todo no se espantaba, cosa que era la que más temía. Mas al llegar a Felochosa sucedióle un caso que le maravilló en extremo. Y fue que, tratando de apearse un instante en casa de su hermana, el caballo se fue por sí solo en derechura a la cuadra.
 -¡Vaya un olfato el de este animal! -exclamó el cura, entrando en la casa.
Y el gozo le salía por los poros.
 Detúvose allí más de la cuenta, y echándola de lo que le faltaba, comprendió que era imposible parar en el Pino a jugar una brisca con el cura. Mas al llegar aquí experimentó nuevo y mayor asombro. El caballo, a pesar de los tirones de cabezón y vardascazos, resistióse a seguir por el camino real y, desviándose un poquito, se dirigió a casa del párroco y entró en la cuadra. –
¡Prodigioso, cáscaras, prodigioso! -murmuró el cura, abriendo mucho los ojos.
Y en gracia de aquel instinto admirable no le hostigó más y se bajó a saludar a su amigo. Cuando llegó al pueblo era ya noche cerrada, por lo cual no pudo ser visto y admirado de los vecinos el precioso e inteligente animal. Pero al día siguiente se personaron en el establo algunos de ellos, y después de visto, le reputaron por buen caballo y dieron a su amo mil plácemes por la compra. –
¡Es un jaco de lo devino, señor cura! Ya tiene montura hasta que se muera.
-¡Acabara de echar de casa aquel trasto viejo, que si a mano viene un día le dejaba mayormente a pie en el mesmo camino!
 El cura mostrábase alegre con las norabuenas; pero aquel recuerdo del Pichón le impresionaba todavía malamente. Transcurrieron cinco o seis días sin que don Pedro tuviese necesidad de montar su nuevo caballo, al cabo de los cuales mandó al criado que lo limpiase y enjaezase, pues pensaba ir a Mieres. El doméstico se le presentó a los pocos momentos diciéndole:
 -¿Sabe, señor cura, que el León (así se llamaba el jaco), tiene unas manchas blancas que no se pueden quitar?
 -Limpia bien, borrego, limpia bien; se habrá rozado con la pared. Por más que hizo no logró que desaparecieran. Entonces el cura, enojado, le dijo:
 -Convéncete, Manuel, de que ya no tienes puños. Vas a ver ahora cómo se marchan en seguida. Y despojándose de la sotana y echando hacia arriba las mangas de la camisa, tomó el cepillo y el rascador y él mismo se puso a limpiarlo. Mas sus esperanzas quedaron fallidas. Las manchas no sólo no desaparecían, sino que se iban haciendo cada vez mayores.
-A ver, trae agua caliente y jabón -dijo al fin sudoroso y despechado.
¡Aquí fue ella!
 El agua quedó teñida al instante de rojo, y las manchas blancas del caballo se extendieron de tal modo que casi le tapaban el cuerpo.
En resumen: tanto fregaron por él, que al cabo de media hora había desaparecido el alazán, quedando en su lugar un caballo blanco.
Manuel se echó unos pasos atrás, y con la consternación pintada en el semblante, exclamó:
 -¡Así Dios me mate, si no es el Pichón!
El cura quedó clavado en el suelo.
En efecto, debajo de la capa de almazarrón u otro menjurje asqueroso con que le habían disfrazado, se encontraba el viejo, el sufrido, el parco, el calumniado Pichón.
La noticia corrió como una chispa por el pueblo. Al poco rato una porción de gente se apiñaba delante de la rectoral contemplando entre risotadas y comentarios chistosos el "potro del señor cura" que el criado había sacado del establo. Cuando más divertidos estaban, apareció en el corredor don Pedro, con el rostro torvo y enfurecido, y dijo:
 -¡Me está bien empleado, cáscaras, por haber hecho caso de unos zopencos como vosotros!... ¡Al que me vuelva a hablar de él una palabra le fraño los huesos, cáscaras, recáscaras!
 Comprendiendo que le sobraba razón para incomodarse, los mirones no chistaron y se fueron pian piano hacia el pueblo.