miércoles, 12 de noviembre de 2014

El muchacho de las fresas

GUADAÑAZOS PARA LA                           
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 162, noviembre de 2014
Directores: 
Raúl Jaime Gaviria
Hernán Botero Restrepo 
Publicación de Revista Asfódelo






El muchacho de las fresas

Por Hernán Botero Restrepo

El muchacho estaba recostado contra el muro del  Instituto de Bellas Artes de la Universidad de Antioquia, en el Barrio Carlos E. Restrepo de Medellín, Colombia. A su lado, reposaba una canasta rebosante de apetitosas fresas de color carmesí; era muy temprano en la mañana, no habían transcurrido más que unos diez minutos desde las siete. Los vehículos que rodaban por la calle y los viandantes de la acera se podían contar con los dedos de las manos; de repente, apareció el señor,  que es como va a llamársele en este relato. Echó una mirada a las apetitosas frutas, pero no compró ninguna, para no complicarse con una bolsa en su camino, dejando atrás al muchacho y su frutal mercancía. Dio tres o cuatro pasos, cuando se oyó tildar por este, en alta y burlona voz, de despeinado.  Siendo como era el señor no iba a quedarse callado y girando la cabeza hacia el muchacho lo increpó con estas palabras: -y a usted que le importa ¡imbécil! Las cosas entre el muchacho y el señor no pararon allí, el segundo desanduvo la distancia que lo separaba de aquel, y antes de que el muchacho pudiese hacer algo, se inclinó, tomó la canasta de mimbre y con un movimiento violento lanzó todo su contenido a la calle, que era una de doble vía, en el momento en que el semáforo cambió de rojo a verde.

El muchacho que contaría con veinte años o un poco más, se levantó al ver el estropicio de sus fresas y vociferó, una vez en pie: ¡esta me la pagás, desgraciado! El señor, de una edad que se podía calcular entre los treinta y los treintaicinco, bien vestido por cierto, era un hombre fornido contra el cual en un match cuerpo a cuerpo hubiera llevado las de perder, pues él era flacucho, tirando a esquelético y el señor, con un puñetazo o un puntapié, habría dado con él contra el suelo.

El señor, ante la inferioridad de su adversario, no sintió el menor temor, y convirtiendo sus dos manos en instrumentos super eficaces para lo que se había propuesto, revolcó el cabello del muchacho, hasta dejárselo convertido –a su escala- en un pajonal sobre el cual un ciclón hubiese desencadenado su furia.

-Despeinado, despeinado- casi cantó el señor  -quedaste como la muchacha de la canción de hace tantos años, la de la carita deliciosa, pero que tenía el pelo vuelto “un desastre universal”. A continuación el señor extrajo de uno de los bolsillos de sus pantalones su billetera, la abrió, examinó su contenido y extrajo un billete para luego decir al muchacho: -es un billete de cincuentamil, es para ti, tu mercancía no valía tanto, incluyendo la canasta. Dejó caer el billete a los pies del muchacho y agregó: -y mucho cuidado con el respeto a los demás-. Sin articular palabra, el muchacho guardó el billete en uno de sus bolsillos.

El señor emprendió la marcha mientras pensaba: -qué sorpresa se va a llevar el muchacho cuando se dé cuenta de que el billete es falso.


Se detuvo, el vidrio de la ventana  de una zapatería para mujeres reflejó su imagen, toda correcta, con la excepción de un grueso manojo de cabellos, que desde su occipucio se elevaba como una veleta sobre su pelo. –En el primer establecimiento público que abra me arreglo el pelo -se dijo muy para sí. Uno puede dar la impresión de estar loco por lo desorganizado que esté, pero nadie tiene el derecho a burlarse por ello. Bien merecido tuvo lo que le hice, el vendedor de fresas. Y volvió a sumergirse en sus profundos abismos mentales: -¿si yo le comprara un par de zapatos bonitos a Marina con uno de los billeticos de los que le tiré al muchacho? … Pero mejor no, decidió de manera tajante, esta gente del comercio sabe distinguir un billete falso de uno auténtico. Lo mejor que puedo es deshacerme de ellos, negociando con alguien que no tenga cara de distinguirlos, como un ama de casa o un cura- Al punto suspendió sus cogitaciones porque una tienda que frecuentaba a menudo acababa de abrir y entró en ella para arreglarse la melena.