viernes, 18 de enero de 2013

A las águilas no se las llama por teléfono


GUADAÑAZOS PARA LA                            
BeLLA ViLLA            
                " La literatura a tajo abierto"     

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Edición No. 55, enero  de 2013
Directores: Raúl Jaime Gaviria / Hernán Botero Restrepo
Publicación de Revista Asfódelo
Colaborador permanente: Rubén López Rodrigué
Correo electrónico: revistasfodelo@yahoo.com


«A LAS ÁGUILAS NO SE LAS LLAMA POR TELÉFONO»
Rubén López Rodrigué

Milan Kundera decía que «Desde Don Quijote hasta Ulises, la novela cuestiona lo que el mundo quiere hacernos creer»; yo cuestiono lo que vanagloria la tertulia literaria Los Octámbulos. En cada reunión (habitualmente leíamos cuatro o cinco) cada uno entregaba una fotocopia de su texto a los miembros presentes, y luego de sortearse con fichas el orden de lectura (y a la vez la rifa de libros, cuando la había), el autor lo leía en voz alta mientras los demás lo íbamos siguiendo, señalando todo aquello que nos pareciera desafortunado o erróneo desde el punto de vista literario, estético, lógico, gramatical, sintáctico, estilístico, semántico y ortográfico. Concluida la lectura, iniciábamos la discusión sobre el texto con las sugerencias que el autor podría aceptar o rechazar.
Debo reconocer que, en la mayoría de ocasiones, las discusiones en la tertulia tenían el brazo largo para refinar poemas, lograr sonoras poesías, cincelar prosas, obtener un lenguaje más depurado, menos cubierto de bordados victorianos, aunque en esa poda a veces sintiéramos que se nos iba un pedazo de nuestra alma, pero con el premio de sacudirse de la despatarrada ausencia de forma. Era una especie de cocina de la escritura.
Durante el minucioso trabajo de taller, que solía durar hasta la medianoche, del cual ya dudo mucho que fuera sano y sin saña, que se distinguiera al danzante de la danza, se originaban con frecuencia encendidas discusiones que solo en apariencia se olvidaban al poco rato. Me parece que todos teníamos nuestro papel en esa tragicomedia, como todo sujeto aparecimos comprometidos con un juego que no tramamos. Si hablo aquí de un «nosotros» ya no era en el sentido de un grupo de amigos, sino de personas que compartíamos unos estilos de vida con virtudes y defectos. 
En el consensuar o disentir criterios, en realidad lo que se hacía eran correcciones a los textos que presentábamos los tertulianos, no crítica literaria pues no existían herramientas teóricas para ello. Creo que era un mérito insistir en la economía expositiva, pero sin caer en un mutismo desesperante; eso sí, manteniendo una claridad y un orden cartesianos.
Pero no creo en quienes pretender despachar el trabajo literario a través de meras intuiciones o que escriben para ganar concursos. Aspiran al divismo, como expresión de la medianía, aquellos que buscan a escritores de fama para obsequiarles su libro («¡Descúbrame!»), aquellos que le hacen varios lanzamientos («¡Admírame!»), aquellos que se hacen invitar a eventos de escritores («¡Ámame!») Sé que mis palabras son duras como la inscripción de una moneda, pero levanto el guante de este desafío ante fuerzas bárbaras (bien sea de adentro —más por inocencia—, o bien sea de afuera —más por malicia—) siempre listas para resurgir y hacer decaer algo tan sublime como la literatura. Digámoslo sin rodeos: el afán de reconocimiento, el esmero más por darse vitrina que en crear una obra perdurable, me hace pensar que la ostentación no suele estar respaldada por un trabajo serio, porque quienes la encarnan viven ocupados en conseguir información para «demostrar» que saben de todo.
Los arribistas y advenedizos pretenden caer en paracaídas a la literatura y les convendría saber que alguna vez, en una playa chilena, Julio Cortázar vio de lejos a Vicente Huidobro y no quiso presentarse para no molestarlo. Sabiamente escribió: «Hay tantas maneras mejores de conocerse, cosa que ignoran los afanosos concertadores de citas, a las águilas no se las llama por teléfono»
Es innegable que la tertulia se había convertido en una fábrica de saber, pero también en un laboratorio de imposibilidades. Aportábamos críticas, comentarios, análisis, reflexiones; pero también señalamientos allí donde había un hipérbaton, una frase hecha, un anacronismo, un barbarismo, un estereotipo, etcétera. Mediodía es la hora en que el sol está más alto sobre el horizonte, medio día es la mitad de un día; distinciones como esta (y nadie como Alonso Mejía para concebirlas) eran las que   hacíamos florecer en la tertulia. Mas este saber se veía mancillado cuando a un tertuliano, que llevaba años investigando y escribiendo sobre un determinado tema, le decimos que una afirmación suya era falsa porque su referencia no la habíamos visto o comprobado personalmente, como si la esencia fuera visible a los ojos; aunque no puedo desconocer que en el parecer está la esencia, lo que ocurre es que hay que saber leerla. De todas maneras, esa fábrica nos había aportado un ingrediente a nuestra escritura: la claridad de diamante, sin adornos superfluos y de mal gusto.
A lo mejor estábamos «confundiendo con algo firme un espejismo del deseo» (Gesualdo Bufalino). Lo que sé es que sí debí empezar a jugar esa partida, siguiendo a Borges cuando afirma que «El destino del escritor es cursar el común de las virtudes humanas, las agonías, las luces: sentir intensamente cada instante de la vida» Pero llegó un momento en que estimé que ya era un ciclo realizado y concluido, con la apreciable ganancia de saber que había recibido perlas de conocimiento, pero a la que además había aportado mi máximo esfuerzo. El hecho de ser el único en no poseer un título universitario no me había impedido ser de los más activos a la hora de corregir textos de otros, ni era óbice para que yo, autodidacta convencido, fuera el único que hubiese presentado un escrito en cada tertulia, salvo por motivos de fuerza mayor, como ocurrió cuando viajé a los Estados Unidos y pude visitar la casa museo de Poe, sobre la cual escribí una crónica. Por este grupo había sacrificado intereses personales, mientras otros habían sacrificado el grupo por sus intereses.
Siguiendo a Lacan cuando afirma que «uno no es lo que dice, sino lo que hace», eran los hechos los que dictaban las decisiones y por motivos como la felonía, la medianía, la aspiración al divismo, las errancias y extravíos, el envilecimiento por el patético arribismo, después de diez años de haberla convocado, anuncié mi retiro definitivo de la tertulia de Los Octámbulos. Y entre tanto continuaré enhebrando este tapiz de la escritura que no termina nunca, con la inextinguible aspiración de seguir mejorando mis imperfecciones.